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sábado

El año que vivimos peligrosamente, Peter Weir, 1982

Las películas de Lord Velasco: El año que vivimos peligrosamente
Jill Bryant, agente del servicio de inteligencia británico, recibe un mensaje en clave en su oficina de Yakarta en el que se informa de la llegada inminente de un barco con munición para el partido comunista de Indonesia. El golpe contra el presidente Sukarno es inevitable, al igual que la guerra civil. Jill se gira sorprendida con una mirada de horror y apretando los labios. Fuera, la lluvia cae torrencial, lluvia que abrazará el paseo impotente de la espía camino del despacho del periodista australiano Guy Hamilton. Éste la recibe con un cálido beso que la mujer transforma en un beso voraz, en un abrazo de hierro. Guy responde a la impetuosa pasión de la mujer sin saber lo que está ocurriendo y tan sólo después de haberse acostado con ella conocerá la verdad. Es admirable la forma en que Weir anuda el conflicto exterior, el de la situación política de Yakarta durante los tumultuosos años 60, con la tormenta interior de sus personajes, siguiendo una tradición que el mismo Shakespeare había despachado con sencillez al inicio de “Troilo y Crésida” (“¿Por qué pelear fuera de los muros de Troya si aquí dentro sufro una batalla cruel?”).
Los años 80 vieron el desembarco de una serie de films que llegaron a constituir un pequeño subgénero, el de las aventuras de los periodistas en guerra. Varias de esas películas tuvieron un gran interés pero hubo dos títulos que brillaron con fuerza, la extraordinaria “Bajo el fuego” (Roger Spottiswoode, 1984) y la pieza que aquí nos ocupa, una magistral clausura de la mejor etapa de su director, la correspondiente a sus films australianos. “El año que vivimos peligrosamente” recuerda, por su inolvidable atmósfera, por la sensualidad de sus formas y por su antológico guión, que fue coescrito por Weir, David Williamson y C. J. Koch a partir de una novela del tercero y que es una mezcla asombrosa de precisión y sugerencia que parece seguir los principios del wayang, forma del teatro indonesio al que se cita explícitamente a lo largo de la película, a las anteriores obras maestras del director y, muy especialmente, a la memorable “Picnic en Hanging Rock”. Las une un tono irresistible que, lamentablemente, la filmografía posterior de Weir ha visto palidecer.
El año que vivimos peligrosamente”, con su título evocador e inolvidable, no sólo se benefició del talento de su director. También Russell Boyd en la fotografía, Maurice Jarre en la música y Mel Gibson y Sigourney Weaver a la cabeza del reparto dieron lo mejor de sí mismos en este film irrepetible que se vio enriquecido por la interpretación antológica de Linda Hunt, materialización definitiva de uno de los personajes más complejos que ha dado el cine: el del sobrecogedor Billy Kwan.

miércoles

Devenir perra, Itziar Ziga

Los Libros de Lord Velasco: Devenir Perra, Itziar Ziga
La novísima editorial Melusina no ha dejado de ser noticia desde que fue creada por José Pons Bertran en 2002. Su prolífico catálogo se centra en el ensayo y escarba en temas de antropología, sociología, teología, feminismo, sexualidad, urbanismo y un largo etcétera. Es una editorial amante de la polémica, cosa que se agradece en los tiempos esclerotizados actuales tan amantes del aquí no pasa nada y de la transgresión tocomocho. Entre sus piezas más comentadas figura “La plaza del azufaifo”, de Isabel Nuñez, y el definitivamente inocuo a pesar de la gran repercusión que tuvo “Odio Barcelona”. Sin duda, una de las líneas más interesantes de Melusina es aquella que tiene que ver con la reescritura de la sexualidad, del feminismo y del universo queer. Alrededor de esa reflexión escriben autoras como Virginia Despentes, Lydia Lunch, Beatriz Preciado o Gabriela Wiener. Y todas con una tinta tan desbocada como combativa a la que se ha unido la de la furiosa Itziar Ziga.

“Devenir perra” es la encendida defensa de un feminismo chucho. Esto es: de una feminidad “extrema, radical, subversiva, espectacular, insurgente, explosiva, paródica, sucia, nunca impecable, feminista, política, precaria, combativa, incómoda, cabreada, despeinada, de rímel corrido, bastarda, desfasada, perdida, prestada, robada, extraviada, excesiva, exaltada, borde, canalla, viciosa, barriobajera e impostora” muy alejada, al decir de su autora, de los modelos de la feminidad dulce y autocomplaciente. Ziga no se limita a épater le bourgeois y a gritar. A su incontenible grito le sigue la reflexión y a la opinión, el documento. El libro comienza con el capítulo “Me gusta ser una zorra: la construcción del placer” que parte de un jugoso análisis de la mítica actuación que dieron Las Vulpess en el programa de televisión española Caja de ritmos a principios de los 80 y acaba con una “Oda al coño de Annie Sprinkle” en el que homenajea la labor de esa pionera del arte posporno. Entre uno y otro capítulo, además de extractos de entrevistas y un reguero de datos, hay tantas risas como lloros.
Me contaba el dueño simpatiquísimo de la muy recomendable librería Watergate que Itziar Ziga había protagonizado la firma de libros más espectacular y atronadora del Sant Jordi de este año. Por lo visto, llegó a la puerta de la librería con una caja llena de ejemplares que dejó sobre una mesa. Se sentó en una silla y se bajó las bragas. Después se pintó el chumino de rojo pasión y fue dedicando el libro a sus fans pasándolos por su raja. Eran las seis de la tarde en la plaza Vicenç Martorell.

domingo

La inglesa y el duque, Eric Rohmer (2001)

Las péliculas de Lord Velasco: La inglesa y el duque, Eric Rohmer (2001)




Como quien no quiere la cosa la década está tocando a su fin pero antes de que llegue el próximo enero y nos empiecen a dar la murga con previsibles listas de “Lo mejor de…” nos vamos a adelantar un poco y vamos a ventilar el tema por medio de esta sección. Poco a poco, y a golpe de recuerdo feliz, haremos un recuento desordenado de las cosas que nos chiflaron. De películas como “La inglesa y el duque”, por ejemplo.

Tengo que reconocer que nunca vuelvo a ver las películas de Eric Rohmer. Sólo las disfruto una vez. Me pasa tanto con los “Cuentos morales” como con las “Comedias y proverbios” y los “Cuentos de las cuatro estaciones”. Pero hay un puñado de títulos que sí visitaría de nuevo y que no pertenecen, curiosamente, a sus ciclos más famosos. Hablo de películas como “La marquesa de O” (1976), “Perceval el galo” (1979) o “El romance de Astrea y Celadón” (2007), películas que suponen una ruptura con el estilo más conocido de Rohmer en al menos dos aspectos: parten de obras literarias para mirar al pasado, sea histórico o mitológico, de una manera imprevista. Como en todo, hay excepciones: “Triple agente” (2004) cuenta una historia original ambientada en los años 30 y “Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle” (1987), “El árbol, el alcalde y la mediateca” (1993) y “Les rendez vous de Paris” (1995) son películas de Rohmer que, ambientadas en la actualidad, no forman parte de ningún ciclo. En cualquier caso: ese otro ciclo sin nombre que Rohmer labró con el tiempo al margen de sus películas más programáticas me parece el menos rígido y el más sugestivo de todos.

La inglesa y el duque” es una adaptación de las memorias de la aristócrata escocesa Grace Elliott que fueron publicadas póstumamente en 1859 con el título “Ma vie sous la révolution”. Se centran en la relación que mantuvo con el duque de Orleans durante los tiempos convulsos de la revolución. Como en “Perceval el galo”, Rohmer somete el material literario a un tratamiento visual insólito: si en su versión de Chrétien de Troyes se había basado en las perspectivas sin fondo de los retablos medievales, “La inglesa y el duque” recrea la revolución francesa a partir de pinturas de la época. Es admirable el sentido del riesgo de su director quien, a sus 81 años, se sirvió de la tecnología digital para este fascinante viaje al pasado en el que, salvo en unos pocos interiores, los personajes se mueven y hablan entre las entrañas de los cuadros. El resultado, pimpante, es algo así como un colirio contra los clichés de la ambientación histórica.
Por su retrato feroz de la revolución, “La inglesa y el duque” levantó una polvareda en Francia que le hizo ser rechazada en el Festival de Cannes. Fue repescada a lo grande en el Festival de Venecia, donde aprovecharon para premiar a Rohmer por toda su trayectoria. En Castelldefels la pudimos ver en el Cine Plaza, cosa que todavía no me explico.

jueves

Vida y Milagros de Lord Velasco

Quinquis de los 80



El CCCB ha vuelto a dar la campanada con la que promete ser una de las exposiciones más interesantes de este año, la dedicada a la figura del quinqui, personaje que se convirtió en un auténtico icono en los años 80 a través del cine, la prensa y la música. Como en otras ocasiones, el CCCB revisa nuestra historia reciente sin caer en el cliché y el oficialismo, antes bien, hurgando en aquellos temas que todavía no han sido analizados con la atención merecida. En el caso de los quinquis, la atención está más que justificada debido a la importancia que tuvo dicho tipo de delincuente. Su presencia e influencia, que fue retroalimentada por el cine y la prensa más sensacionalista, produjo un gran malestar en la sociedad española de la época. Su popularidad no admite dudas: entre 1978 y 1985 se produjeron 30 películas en torno al mundo de la delincuencia juvenil, algunas de las cuales se mantienen entre las películas más taquilleras de nuestra historia; los titulares y artículos de la época fueron incontables; la música dio cuenta de un nuevo y exitoso estilo al que sirvieron grupos como Los Chichos, Los Chunguitos, Los Golfos o Las Grecas; el cómic ayudó a establecer la representación visual de la figura del quinqui e incluso la lengua se enriqueció con el acuñamiento de no pocas palabras, tales como apalancarse, bujarra, pluma, trullo, canuto, cepillarse, colega, chapero, comerse un marrón, estar en la onda, estar puesto, mono, pasota, rollo, talego o yonqui. La lista completa, todo un maravilloso diccionario quinqui, es uno de los platos fuertes de la exposición.



Quinquis de los 80”, comisariada por Amanda Cuesta y Mery Cuesta, es un extraordinario recorrido por la llamada picaresca negra de la transición (en magníficas palabras de Eloy Fernández Porta). Partiendo de las películas más famosas del subgénero, de títulos como “Colegas”, “El pico 1 y 2”, “Perros callejeros” o “Deprisa, deprisa” que están acompañados de un atractivo plantel de carteles, fotografías y pressbooks, la exposición ataca el fenómeno quinqui desde todas sus dimensiones sociales. Especialmente relevante es el análisis del entorno urbano, el florecimiento de un urbanismo marginal que hizo de barrios como La Mina en Barcelona, San Blas en Madrid u Otxarkoaga en Bilbao el fértil semillero de los futuros quinquis. Barrios sin servicios, desarraigados y en los que el paro y la droga se cebarían malditamente. Pero la sección más celebrada quizá sea la que analiza las nuevas formas de ocio que vio nacer la cultura quinqui: la recreación de una sala de recreativos donde truena la música de un jukebox con casetes de gasolinera es todo un momento estelar.


Quinquis de los 80” es una exposición que se recordará por la pertinencia de sus planteamientos, por la originalidad de su tema, por la brillantez de su puesta en escena y por la influencia que arrastrará consigo. El catálogo es una joya, vistosa y obligada.



Otra muestra de cultura alternativa

analizada con perspectiva

por

Lord Velasco

(quinqui en los 80, aristocrata en los 90)

miércoles

El Micrófono Caliente de Lord Velasco

The Bachelor, Patrick Wolf (2009)

Mucho ha dado que roer el nuevo trabajo de Patrick Wolf desde que se empezaron a filtrar algunas de sus características compositivas y financieras: que si era el resultado de una aguda crisis personal por la que Wolf había atravesado en medio de la gira de “The magic position”, crisis por la que rompió con su novia y se echó un nuevo novio y crisis por las que vivió una serie de experiencias al límite (¿al límite de qué?) que después se reflejarían en el single “Vulture”; que si “The Bachelor” iba a ser financiado por las aportaciones de los fans fijadas en 10 libras y por las que percibirían una parte de los beneficios de las ventas (¿digitales?); que si iba a ser un doble CD con dos partes muy contrastadas… Al final, el anunciado doble CD se ha visto dividido en dos: en el actual, “The Bachelor”, que hasta hace poco se iba a llamar “Battle”, y en la próxima publicación de su continuación, “The conqueror”, prevista para el año que viene. Se quiera como se quiera el resultado está lejos de ser lo oscuro que se intuía. El resultado es luminoso y hace pensar en “The Bachelor” como un trabajo de resurrección (personal) más que en una obra de destrucción desoladora.

La polémica rodea al disco. Hay quienes lo han oído como la peor obra de Patrick Wolf y hay quienes lo aplauden con entusiasmo. En mi opinión, se trata de un disco continuista que peca de irregular. No hay un solo hallazgo sonoro en “The Bachelor” que no estuviera ya en sus tres discos precedentes pero eso es tan cierto como decir que temas como “Hard Times” y “Oblivion” son magistrales. El mismo “Vulture”, tan discutido, tan denigrado y tan verdipuesto, es un corte de lo más interesante. Como siempre tratándose de Wolf no faltan líneas melódicas arrolladoras así como experimentalismo sonoro unido a cuerdas vertiginosas. Se dirá que canciones como “The Bachelor”, “Damaris”, “Thickets” o “Blackdown” son un auténtico lastre de cara a la redondez del conjunto. Pues sí. Pero de la misma manera que el público no necesita esos temas no es menos cierto que Patrick Wolf sí los ha necesitado.

Os dejo con el vídeo de “Hard Times”. En sus imágenes asoma la sombra alargada de David Bowie…



Otro cantante raruro

flipado como ninguno

elogiado por

Lord Velasco

(anómalo y melómalo)

martes

Vida y Milagros de Lord Velasco

Salón del Cómic 2009


Se acabó. Me refiero al Salón del Cómic 2009 cuyas puertas cerraron ayer en el recinto ferial de Montjuic después de haber congregado a más de cien mil visitantes a lo largo de tres días, días en los que hubo de todo, desde presentaciones de autores (Jim Lee, François Bourgeon, Tome, Mike Mignola, Gipi…) a exposiciones variopintas (otra vez Jim Lee, Batman en Barcelona, Esther y sus mundos…). Yo fui la tarde del lunes temeroso de las aglomeraciones pero me encontré un ambiente respirable muy distinto al que, por lo visto, se vivió en las dos primeras jornadas cuando la gente se volvió loca y agotó los seis mil ejemplares del nuevo Batman en apenas unas pocas horas. A falta de conocer las ventas que se produjeron (porque el Salón del Cómic, al fin y al cabo, es eso: una feria comercial) puede decirse que la crisis sólo se ha notado esta vez en la escasez de disfrazados: junto a los aburridos de siempre que se empeñan en seguir luciendo como soldados imperiales de “Star Wars” (¿por qué no como ewoks? ¡sería más divertido!) se pudieron ver travestis mangas, un Robin enlicrado hasta los huesos y un par de entrañables Hulkas. En este aspecto el Salón del Manga suele ser más animado.
El Salón de este año tuvo como país invitado a un grande entre los grandes, Bélgica, sin que por desgracia se notara su presencia en los stands que, en su mayoría, estaban copados por los superhéroes americanos y las viñetas mangas. El cómic europeo tuvo una presencia discreta aunque estuviera representado por magníficas editoriales como las españolas Astiberri, la Cúpula y la muy radical Sin Sentido (en cuyo catálogo figura una Juana de Arco en colores acid que me pienso regalar). Más allá de las obras descatalogadas y de la vertiente comercial de la muestra (en el buen sentido: en la posibilidad de contactos entre la gente comiquera), no hay nada en el Salón del Cómic que no se encuentre en las tiendas de Barcelona, en tiendas como Norma, Freaks, Arkham, Universal, Newton o Continuará.
Precisamente fue Continuará la tienda destacada este año en los premios del Salón. Del resto de los premios concedidos triunfaron “Las serpientes ciegas” (BD Banda: mejor guión y mejor obra del 2008) y “La revolución de los pinceles” (Dolmen: mejor dibujo y mejor autor revelación). Otros premios fueron para “La educación de Hopey Glass” (La Cúpula: mejor obra extranjera), Rantifus (mejor fanzine) y Amaníaco (mejor revista). Aunque solo fuera por la cerveza fresquita y por la posibilidad de chismorrear con los amigos rodeados de tanto dibujo y papel, la visita al Salón estaría justificada. Aunque insisto: nada que no se pueda hacer, y sin necesidad de pagar una entrada, durante todo el resto del año.
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Otro gran acontecimiento
para morir de agotamiento
vivido por

Lord Velasco

(estrella de salón)

jueves

Biblioteca Básica de Literatura Clásica

Los ojos verdes ( Marguerite Duras, 1980)

No entiendo cómo los críticos, que siempre han sido tan atentos a canonizar, a historiar y a pergeñar listas, todavía no se han tomado en serio a ellos mismos para elaborar un listado con los textos más iluminadores, influyentes o simplemente entretenidos de la historia de la crítica de cine. Podría tratarse de libros, revistas, artículos, entrevistas, conferencias. Se sabría cuáles han sido las mayores aportaciones e influencias que han tenido. Porque, ¿de qué ha servido un siglo de reflexión sobre el cine? ¿Hemos aprendido algo? ¿Qué se recordará en el futuro? Espero que un libro así, si se llega a escribir algún día, vaya más allá de Truffaut. Es decir, más allá del libro “El cine según Hitchcock” y del artículo “Una cierta tendencia del cine francés”. Porque lo contrario sería aburrir a las cabras.
El problema no es que se haya escrito mogollón sobre cine. El problema es que se ha escrito un montón sobre los mismos temas y, para más inri, de la misma y pavisosa manera. Hay tan poca originalidad en la mayoría de las libros publicados y hay tal saturación de clichés y de asquerosa abulia en la escritura, que le entran a uno ganas de maldecirlos. Abunda la bisutería cuando no la perfecta chatarra. De ahí que joyas como “Los ojos verdes” merezcan ser reconocidas.
"Los ojos verdes" es una compilación de textos de Marguerite Duras. Fue publicada por la revista Cahiers en junio de 1980. Serge Daney colaboró en la compaginación y el resultado, extraordinario, es una muestra del pensamiento fértil de Duras. Se trata de un texto firme y sugestivo que está atravesado por la prosa habitual de la autora de "Hiroshima, mon amour". "Los ojos verdes" es una sentida reflexión sobre el cine que está hecho y sobre aquel que está por hacer. Sus páginas son el reflejo de las películas que hizo Marguerite Duras y de las películas que hicieron los otros. Sus líneas son de dolor y de vida y versan sobre la literatura y el cine. Nada más lejos del verbo atento y de la mirada insobornable y por momentos chinchona de "Los ojos verdes" que esos libros-hojarasca que parecen haber sido escritos desde la imaginación más agarrada y la ignorancia más feliz.



Otra mirada insobornable
sobre un texto imprescindible
a cargo de


Lord Velasco

(verborrea irrefrenable)

sábado

El Rincón del Cinéfilo Caliente

Xcèntric Godard


El plan es ideal si te pilla por el centro de Barcelona, tienes tiempo y te gusta el cine. El Centro de Cultura Contemporánea dispone de una sala donde se pueden ver películas experimentales de autores como Jean Cocteau, Man Ray, Philippe Garrel, Jonas Mekas, Chantal Akerman, Dziga Vértov, Andy Warhol, Jean Epstein, Jean Eustache y un largo etcétera. Lo llaman el ciclo Xcèntric. El sitio no tiene desperdicio: subiendo a la primera planta te encuentras con una sala que tiene una pantalla donde se ve un menú con las películas disponibles. ¡Se trata de una programación a la carta! Y lo mejor de todo es que los asientos que puedes coger son sillones orejeros. Así da gusto.
La otra tarde, teniendo en cuenta que me pilló por el centro de Barcelona, que tenía tiempo y que me gusta el cine, me metí en la sala Xcèntric con ganas de consultar la carta. Después de apoltronarme en un sofá, me decidí por dos títulos de Jean Luc Godard que desconocía: “L’origine du XXIème siècle” (2000) y “Scénario du film Passion” (1982). Son dos trabajos de corta duración (16 y 54 minutos respectivamente) pero que tienen, como así esperaba, un efecto duradero.
L’origine du XXième siècle” se puede considerar un apéndice a la monumental “Histoire(s) du cinéma”. Como en esa serie, Godard mezcla historia, cine y memoria personal para dar cuenta del siglo que empieza (bajo el signo de la guerra, para variar) a partir de un montaje audiovisual basado en fotografías, fragmentos de noticiarios y pedazos de films del siglo precedente. El montaje, como siempre, es impresionante y no sólo por su magnífica técnica sino por la ametralladora de ideas en que lo convierte Godard. Nadie mejor que él (como diría el crítico Alain Bergala) representa el cine experimental y no deja de ser curioso que sus trabajos hayan acabado en los catálogos de los museos cuando él siempre los consideró como cine.

Scénario du film Passion” tiene más interés: segundo de sus ensayos, de sus personalísimos making off sobre sus propios films (después de “Scénario de Sauve qui peut la vie” (1979) y antes de “Petites notes à propos du film Je vous salue Marie” (1983)), Godard reflexiona sobre cómo escribió el guión de la película “Passion” filmada ese mismo año. ¿Qué es un guión?, se pregunta. Es espectacular la manera en que Godard plantea, duda, gesticula, pontifica y se entretiene en digresiones. Su pensamiento es torrencial y utiliza un lenguaje corporal digno de un fascinante brujo. Tiene razón Colin McCabe, autor de un excelente estudio sobre el autor de "Le mépris", cuando afirma que Godard nunca podrá ser considerado un gran narrador a la manera tradicional pero sí como el mayor ensayista y uno de los mayores poetas que ha dado el cine en su historia.


Otra propuesta excéntrica
para cinéfilos analíticos
expuesta por
Lord Velasco
(excéntrico periférico)

miércoles

El Rincón del Cinéfilo Caliente

Ponyo en el acantilado (Hayao Miyazaki, 2008)

Para un niño el misterio no tiene explicación: el misterio es. Los niños son seres religiosos sin dogma, lo que les hace creer convencidos en la existencia real de dragones, brujos, hechizos, tesoros, piratas, hadas, fantasmas, duendes, vampiros y ogros. ¿Será por esa capacidad para creer por lo que Jesús dijo aquello de que “Dejad que los niños se acerquen a mí”?

En “Ponyo en el acantilado” hay un momento maravilloso: el niño Sosuke sale a la calle después de que un tsunami haya barrido el acantilado en el que vive y lo hace acompañado por la niña-pez que da nombre al título. “¿Has visto? El agua llega hasta la puerta”, dice él. Al segundo, los dos meten la cabeza en el agua y empiezan a ver animales extraordinarios. “Son criaturas del Devónico”, comenta Ponyo. Después de un breve silencio Sosuke se acuerda de su madre, que ha pasado la noche fuera, y decide reunirse con ella. Es memorable la forma en que Sosuke y Ponyo reaccionan con total normalidad ante un paisaje hecho de tsunamis, de olas que tienen ojos, de brujos salidos del mar y de animales extinguidos. Todo es posible en la infancia. Sobre todo, lo imposible.

Llegado a ese punto, “Ponyo en el acantilado” se convierte en la experiencia imprevisible y casi indefinible que suelen ser las películas de Miyazaki. Sus relatos siempre toman un camino tan insospechado como desconcertante. Desconcertante si se considera la línea recta como la mejor forma de contar una historia. En Miyazaki, la historia nunca es recta: está llena de asombrosos giros y de momentos que carecen de explicación causal. En sus relatos, el único compromiso es el de la fantasía.

Con la historia de la niña-pez que quiere convertirse en humana después de haber probado la sangre del pequeño Sosuke Miyazaki recupera la aparente sencillez de uno de sus títulos más emblemáticos, “Mi vecino Totoro”, después de haber firmado dos películas tan apabullantes como agotadoras. Para esa recuperación, opta por una animación tradicional basada en la técnica de la acuarela sin olvidar por ello su virtuoso sentido del detalle. Pródiga en escenas inolvidables (como el inicio, epatante; la secuencia del tsunami, donde Ponyo cabalga sobre las olas con el apoyo musical de una cita de Wagner; la conversación amorosa de los padres de Sosuke; el detalle de las medusas que flotan entre los árboles del pueblo anegado…), “Ponyo en el acantilado” es la prueba de que Miyazaki pertenece a esa clase de artistas que a veces prefieren mirar al pasado para seguir descubriendo el futuro.



Otra película fascinante

a la par que delirante

recomendada por
Lord Velasco
(el cuerpo del delirio)

martes

El Rincón del Cómic Mutante

El último gran viaje de Olivier Duveau ( Jali, 2009 )


Si algo nos caracteriza a los miembros de Un lugar llamado deseo es el fanatismo empedernido. Desde John Ford a Federico Fellini, pasando por Alfred Hitchcock, Walt Disney, Kylie Minogue, Pet Shop Boys, las pelis de terror, los clips de Playmobil, la editorial Valdemar, la casa Marvel, la librería La Central o el chismorreo semanal, nuestra lista de fetichismos es generosa. Entre nuestros vicios más queridos se encuentra la editorial Astiberri y su catálogo jugoso.

Perla de ese catálogo es “El último gran viaje de Olivier Duveau”, la última obra publicada por el autor pamplonés Jali. Se trata de un gran viaje, como advierte el título: el que vive Olivier Duveau, un peculiar personaje que, desde la cuna a la tumba, sueña con alcanzar las estrellas y el no menos intenso viaje en el que se ve metido el lector, que acabará boquiabierto por la generosa imaginación del autor. Se trata de una historia tan apasionante y está dibujada con tanto ardor que la sombra del poñoñismo ilustrado, acechadora de algún bocadillo, se disipa fácilmente.

“El último gran viaje de Olivier Duveau” se recordará por su capacidad alquímica de conmover y por la sorpresa final que incluye, la historia corta “El niño con más fuerza del mundo”, hecha de pocas páginas tan rotundas como memorables.


Otra historia surrealista
con firma de gran artista
leída y disfrutada por

Lord Velasco

(de gusto sencillo)

lunes

El Rincón del Cinéfilo Caliente

DÉJAME ENTRAR (Tomas Alfredson, 2008)

Sin duda, la mejor película de vampiros que yo haya visto desde que Abel Ferrara pusiera a una doctoranda en Nietzsche a pegar mordiscos por Nueva York. “Déjame entrar” no se acoge ni al canon ni a la fuga sino que mezcla con habilidad los dos: por un lado, respeta el mito del vampirismo transmitido por la literatura y el cine pero lejos de recurrir a la cita o a la enésima revisión de los clásicos propone una renovación del mismo sin caer en la petardez.

Hay vampiros de verano y vampiros de invierno. Los vampiros de verano destacan por su glamour, por la capa carmesí que arrastran, por la forma en que sudan y jadean, por la manera en que enseñan los colmillos y por la satisfacción con que los clavan. Los vampiros de invierno, en cambio, no parecen disfrutar con su condición de criaturas de la noche. Antes bien, parecen resignados a sufrirla. Viven con la muerte de los demás y desde la soledad de sí mismos. Eli, la pequeña vampira de “Déjame entrar” (nada que ver con la creación de Angela Sommer-Bodenburg), es la vampira más glacial que haya pisado nunca una pantalla.

Dirigida por Tomas Alfredson a partir de una novela de John Ajvide Lindqvist, “Déjame entrar” es la película que mejor ha tratado el tema de la soledad del vampiro. Parece ser que ese fue el aspecto que más llamó la atención de Alfredson junto a la descripción del protagonista: introvertido, timorato, acosado por sus compañeros de escuela, hijo de divorciados y vecino de un barrio de Estocolmo sobre el que no deja de caer la nieve y la tristeza, Oskar es un adolescente que se siente atraído por su enigmática vecina. Son dos seres que se reconocen en su hiriente soledad. Alfredson transmite admirablemente la tristeza que les envuelve.


A veces hace falta una mirada ajena para ver con claridad. A pesar de que, según sus propias palabras, nunca ha mostrado el menor interés por el género fantástico, Tomas Alfredson no se muestra menos habilidoso a la hora de filmar las escenas de terror que a la hora de plasmar con convicción los elementos que más le atrajeron de la novela de Linqvist, desde el tema del acoso escolar a la descripción de un entorno social degradado. Alfredson filma las escenas violentas con una austeridad brutal. Con frecuencia, mantiene la cámara estática y a una larga distancia de los personajes. Y esa larga distancia, junto al inmovilismo del plano, hace que la violencia se convierta en insoportable.



Otra excelente película de vampiros
recomendada por

Lord Velasco

(vampiro de medio pelo)

domingo

Clásicos de Hoy y de Siempre

Fantástica Serie B


He aquí dos peliculitas que jamás figurarán en ninguna antología del género fantástico pero que disfrutan de un pequeño nombre entre los aficionados por tratarse de dos auténticas anomalías cinematográficas en el contexto de la época que se realizaron. Me refiero a los primeros años 80. Por aquella época los modelos a imitar eran otros: o bien la superproducción de ciencia ficción que habían puesto de moda George Lucas y Steven Spielberg o bien el cine de psicokillers que buscaba repetir los éxitos de, entre otras, “La matanza de Texas”, “La noche de Halloween” y “Viernes 13”. Es decir, la serie A miraba a la ciencia ficción y la serie B tiraba de la casquería.

“Q. La serpiente voladora” y “Muertos y enterrados” son dos muestras de cine pequeño pero de imaginación regocijante.

La primera, de bello título, fue dirigida por Larry Cohen en 1982. Posiblemente se trate de su película más duradera, una inesperada bizarría sobre la aparición del dios azteca Quetzacoatl que, bajo la piel de un reptil volador, siembra el pánico entre los habitantes de Nueva York a los que gustosamente se zampa. Como en todo film de bajo presupuesto, la acción se mete en el ajo al momento. Y, aunque los personajes son un poco penosos, las imágenes del bicharraco sobrevolando Nueva York se clavan en la retina. Tienen el encanto mágico de las criaturas de Ray Harryhausen.

Aparentemente menos vistosa pero de guión mucho más interesante es la película que Gary Sherman dirigió en 1981 con el título, asimismo bello, de “Muertos y enterrados”. El libreto fue escrito por Dan O’Bannon y Ronald Shusett, espléndido tándem de guionistas que acababa de firmar la inolvidable “Alien” y que, también por aquellas fechas, ultimaba la escritura de una película que tardaría casi una década en ver la luz: “Desafío total”. O’Bannon y Shusett se sacaron de la manga un relato apasionante ambientado en un pueblo atestado de zombis en una época en la que los muertos vivientes, cinematográficamente hablando y dejando aparte la cabezonería de George Romero, llevaban años enterrados en el olvido. Aquí se desentierran con discreción y elegancia –nada que ver con el triperío habitual- y traen consigo una memorable pirueta de guión que, muchísimos años después, sería recordada por el Shyamalan de “El sexto sentido” y el Amenábar de “Los otros”.

Otra muestra de arqueología cinéfila

sin base científica

a cargo de

Lord Velasco

(de estirpe artística)

viernes

Clásicos de Hoy y de Siempre

Nostalgia, Andrei Tarkovsky (1983)

Tarkovsky consideraba “Nostalgia” como la película que mejor le expresaba. Y lo cierto es que el plano final de esta imborrable película aglutina la mayoría de las obsesiones de su cine: un hombre, sentado en la tierra frente a un pequeño charco, mira directamente a la cámara. A su lado hay un perro. La cámara retrocede en un lentísimo travelling que acaba mostrando un paisaje. La tierra es húmeda, umbría. Empieza a llover a raudales. A lo lejos, hay una casa que está rodeada de los restos de piedra de una edificación (¿religiosa?). Es difícil encontrar en la obra de Tarkovsky un plano que recoja al mismo tiempo tal cantidad de leit motivs (el hombre, el perro, la tierra, el agua, la casa, el paisaje, las ruinas) mostrados, además, bajo las credenciales estéticas del autor de “Stalker”: travelling lento, ralentí imperceptible, color desvaído.


Algún significado tiene que haber detrás de tanta insistencia en los mismos motivos pero lejos de imponer una única lectura -la mía- me interesa apuntar que nadie como Tarkovsky ha filmado el agua con tanta fuerza. De todas sus obsesiones me parece la más atractiva. El agua es omnipresente en su cine. Tarkovsky la convierte en testigo y protagonista del mundo. Con preferencia se trata de lluvia y de aguas poco profundas, como charcos, estanques y riachuelos, corrientes que reflejan la mirada del hombre. En su cine, el agua nunca es pura ni aparece sola: no hay lluvia sin hombres a los que bañe, no hay charco sin hombre que en él se adentre y no hay corriente sin vestigio. El agua remite siempre a la conciencia y al recuerdo. Visto así, ¿resulta extraño que Tarkovsky se sintiera atraído por el océano pensante que Stanislaw Lem describió en “Solaris”?.


¿Qué es la nostalgia para un alma rusa?. La respuesta a esa pregunta la dio Tarkovsky, con la ayuda del magnífico guionista Tonino Guerra, en este film hechizador y apasionante. Un poeta, llamado Andréi Gorchákov, viaja junto a su intérprete por la Italia más misteriosa que nunca se ha visto en el cine: una Italia brumosa y grisácea, siempre encapotada por las nubes y la niebla. Andréi y Eugenia se alojan en el hotel de un pequeño pueblo llamado Bagno Vignoni donde conocen a un singular vecino llamado Domenico. Andréi se siente atraído por él y por el extraño proyecto que le propone. Domenico le dice que, para poder salvar al mundo, debe cruzar la piscina que hay junto al hotel llevando una candela en la mano. Después de una serie de angustiosos sueños sobre su pasado en Rusia, Andréi regresa a Roma con la intención de dejar el país pero allí se entera de que Domenico se ha suicidado. Arrepentido, Andréi vuelve a Bagno Vignoni para cumplir el proyecto. Cuando lo logra, muere.


Es difícil transmitir en un puñado de líneas el poder de conmoción y el lirismo que atesora la cámara de Tarkovsky. Su cine duele. Películas como “Andrei Rublev” y “Stalker” acaban dejando herida. Y aunque “Nostalgia” no está a la altura de ellas tiene un puñado de imágenes imperecederas.


Si las películas de Tarkovsky terminan dejando herida es porque ellas también nacieron de una dolorosa herida. Las dos últimas que dirigió, “Nostalgia” y “Sacrificio”, incluyen dos despedidas y dos dedicatorias: la primera fue rodada en Italia durante el exilio que le alejó de Rusia, de una Rusia que se oponía a su manera de entender el cine, y fue dedicada a su madre. Y en “Sacrificio”, rodada en Suecia con el apoyo económico del actor Erland Josephson, Tarkovsky se despedirá de la vida con unas palabras finales a su hijo que aparecen superpuestas a la única forma de agua que su cámara no había filmado todavía: la del infinito mar.


Otra imprescindible película deprimente

para sufrir amargamente

recomendada por

Lord Velasco

(100% nostálgico, cinéfilo y antidiurético)