Resulta curioso que dos directores a priori tan “modernos” como Gus Van Sant y Baz Luhrmann hayan optado por utilizar un estilo narrativo más convencional en sus últimas películas. Si películas como “Elephant” y “Moulin Rouge” no son aptas para todos los paladares, tanto “Mi nombre es Harvey Milk” como “Australia” nacen con la voluntad de agradar a amplios sectores del público, aunque su resultado es bastante dispar.
En el lado positivo de la balanza se encuentra Gus Van Sant, que una vez más ha sabido demostrar que antepone la historia al formato, y no se le caen los anillos de ‘autor de culto’ si en aras del didactismo rueda la historia de Harvey Milk -el primer político estadounidense abiertamente homosexual-, según los parámetros de un biopic tradicional. Pero ojo, tradicional sí, pero de los de gama alta, no de esos soporíferos mamotretos tipo “Una mente maravillosa” que acostumbran a colarnos bajo la etiqueta de “biografía de calidad”.
Van Sant se centra en los últimos ocho años de vida de Milk, en concreto aquellos que abarcan el periplo político de este activista pro derechos civiles de la comunidad gay, que consiguió ser elegido concejal en el Ayuntamiento de San Francisco en 1978. La destreza de Van Sant como director se demuestra tanto en su habilidad para evitar caer en la simple hagiografía, como en su capacidad para hacer comprensible e interesante el complicado entramado político. También hay que reconocerle el haber sabido afinar el descomunal talento de su actor protagonista, haciendo que Sean Penn, en un papel tan goloso como delicado, se contenga y ofrezca una de las mejores interpretaciones de su vida.
Por todo ello, el visionado de “Mi nombre es Harvey Milk” es altamente recomendable. Aunque sólo sea para rendir nuestro personal tributo a un señor que fue capaz de jugarse la vida por conseguir avanzar en unos derechos civiles que aún hoy, muchos se empeñan en recortar.
En las antípodas de lo anterior, literalmente, se encuentra el último trabajo de Baz Luhrmann, “Australia”. 165 minutos a mayor gloria de un monumento llamado Hugh Jackman. Que si de lo que se trataba era de recoger firmas para que nombren a este hombre Patrimonio de la Humanidad, pues yo firmo la primera. Pero si la intención, como he leído por ahí, era rodar “un clásico al estilo de ‘Lo que el viento se llevó’ del siglo XXI”, es obvio que el actor, además de calentar las plateas de medio mundo a golpe de testosterona, ha conseguido fundirle las meninges al director. Lo único clásico que tiene “Australia” es su nada velada intención de emular aquella “Memorias de África” de Sydney Pollack, a cuya elegancia no se acerca ni de lejos. A las pruebas me remito: si todo el mundo recuerda el vuelo en avioneta de Redford y Streep sobre la sabana africana, la secuencia más comentada de “Australia” es un zoom sobre los aceitados pectorales de Jackman. 
Se puede medir fácilmente la distancia que media entre “Australia” y “Memorias de África” a través de sus protagonistas. Porque, aunque el personaje de Jackman, Drover, está claramente inspirado en el Dennis Finch-Hatton que inmortalizó Robert Redford, acaba pareciéndose al Rick O’Connell que Brendan Fraser interpretó en “La momia”, aquel machote yanqui que iba cascando cabezas y disparando su revólver cargándose cualquier resto arqueológico que encontrase a su paso. Aunque, claro está, en aquella, la ostentación viril funcionaba como parodia, y en esta, que pretende ser un drama romántico, deviene casposa y risible. Pese a todo, tengo que decir que Jackman defiende su personaje con bastante más dignidad que su compañera de reparto, la otrora estupenda Nicole Kidman. Y es que la actriz, incapaz de la más mínima expresión facial, consecuencia según las malas lenguas de sus excesos con el bótox, compone un personaje tan esperpéntico como insoportable durante la primera mitad del film.
Si a ello añadimos un guión repleto de topicazos, un malo más plano que el encefalograma de Bush y unos aborígenes de opereta para dar color, obtenemos una peli con más azúcar que un empacho de polvorones e igual de indigesta. Y pese a su excesivo metraje, “Australia” consigue no aburrir al espectador, contiene momentos de trazo grueso (la presentación de los personajes, los zooms y los ralentís gratuitos, una edulcorada voz en off infantil...) que deberían sonrojar a un director y guionista que no es novato. Otra crítica brillante y delirante


Cuando tengamos la salsa hecha, metemos las pencas fritas y las dejamos cocer en la salsa unos 3-4 minutillos para que coja gusto.
Se presenta en el plato y listo....menudo manjar por cuatro perras!!!!
Probarlo que es una triunfada, fácil, delicioso y barato!!! 
Escaldamos la hojas de acelga (previo cortando el tallo o pencas, que podreís utilizar para hacer la receta anterior). Las escaldaremos en agua hirviendo durante un minuto. Rápidamente deberiamos enfriarlas a ser posible en agua con hielo para cortar rápidamente la cocción y no se desagan.
Un vez cocidas y enfriadas preparamos la hojas para hacer los raviolis. Cortamos parte de la hoja para que no sea demasiado grande o nos cuelguen trozos de hoja...hay que ser curioso con la comida.
Si la hoja de acelga tiene todavía un trozo de tallo, para evitar romper el ravioli, lo que haremos es corta parte de ese tallo, pero solo el tallo, evitaremos cortar parte de la hoja.
Encima de la hoja pondremos un trocito de queso, luego nuez picada y encima de nuevo otro trozo-lámina de queso para aguantar la nuez. Debemos presionar un poco para que la nuez se aplaste y se pegue con el queso.
Ahora con cuidado envolvemos el queso con la acelga. Iremos esquina a esquina e intercambiando los lados para que aguante más el paquetito de ravioli. Podemos presionar con delicadeza para que quede compacto y no se desarme al freirlo.
Con harina y agua preparamos el rebozado. No ha de quedar líquido ya que se quedará todo en el aceite, tiene que ser un poco espeso.
Después de rebozar el ravioli, los freimos durante 40 segundos más o menos hasta que podamos ver el verde de la acelga y parte del rebozado. La textura al principio es crujiente pero luego con el calor es normal que se hablande un poco.
Los escurrimos en papel absorvente (¡¡¡no como en la foto!!!) y los reservamos para emplatar
Para la salsa holandesa hay que ser un poco meticuloso y paciente...parece liosa pero es fácil, con un poco de cariño y cuidado seguro que sale.
En otra olla ponemos agua en el fogón, a fuego medio o poco fuego. Con esto lo que intentaremos será que el agua nunca llegue al punto de ebullición.
Mientras vamos removiendo (no batiendo) las yemas encima del agua caliente, vamos echando chorrito a chorrito la mantequilla derretida, pero poco a poco para que no se nos corte.
Si lo hacemos bien, con paciencia y dedicación conseguiremos una textura de mayonesa ligera pero con un aroma y sabor exquisito. Lo chungo de esta salsa además es que debería ser comida al momento, ya que si la recalentamos se nos aguará toda la salsa...conservando el sabor por supuesto pero con una textura de salsa más líquida....así que lo suyo es prepararla al final justo antes de comer. Se sirve algo más que templada ya que nunca hemos llegado a calentar del todo la salsa.
Se emplatan los raviolis con la salsa y se te giran los ojos al probarlo. Un plato delicioso como no los hemos probado antes, baratísimo y si no fuera por que la salsa requiere algo de dedicación... sería facilísmo. De todos modos lo dejeis de intentarlo y probarlo, merece mucho la pena.
Como la estupenda “Gomorra”, de Matteo Garrone, “La clase” combina con acierto la apariencia documental con unas interpretaciones naturalistas y un buen guión, que como en aquella está basado en un libro, en este caso el “Entre les murs” de François Bégaudeau.






















