"Han sido una buena pareja y se merecían esta recompensa". Así justificó uno de los cuidadores del zoo Polar Land de Harbin, al noreste de China, la ceremonia -marcha nupcial incluida- con la que celebraron una simbólica boda entre dos pingüinos macho. La pareja se hizo famosa en noviembre, cuando los encargados del recinto constataron que la pareja, monógama como todas las de su especie, se dedicaba a intentar robar huevos de sus compañeros de cautiverio para incubarlos, según relató el periódico China Daily."Cuidar de los huevos es parte de su instinto", dijo un cuidador. Al final, los responsables del zoo atendieron las necesidades de la pareja y les encomendaron el cuidado de un par de huevos que otra pareja -heterosexual, por supuesto- no había sabido cuidar. "Fueron los mejores padres del zoo", señaló un cuidador a la web australiana 9 News.
Los pingüinos son una de las cientos de especies animales, desde abejas hasta humanos, en las que se han observado parejas formadas por individuos del mismo sexo. En 2004, otra pareja de las mismas aves del zoo de Nueva York, Silo y Roy, se hicieron populares después de que se hiciera público un romance que duraba más de seis años. Ansiosos de ser padres, incluso intentaron incubar una piedra. Al final, como en el caso de sus congéneres de China, se les permitió hacerse cargo de un huevo, del que nació una hembra, Tango. Hombre de las Gafas
(amante animal)
Minimalismo chileno influenciado por James Holden tendente a la épica ambient, pero con una fuerza inaudita. Fantástico para escuchar en el metro o en cualquier superestructura humana.
Markus Acher desnuda su melancolía en esta preciosa canción articulada por cuts electrónicos y una melodía ultra-emocional/ante: Where in this world could I go / There's no escape from this circling place...
Olvídate del Bolero de Ravel o de Je t'aime, moi non plus. Esta es la nueva canción para unos buenos preliminares. Es tan cool que me pone cachondo.
Unos primeros beats -que recuerdan al homogenic de Björk- desgranan una profunda canción de agradecimiento. Joan Wasser canta You changed me / You chained and taught me / The damage I've done / Can show me the way to my heart ... con la misma delicadeza que invade el resto del disco: grandioso.
Son un poco insustanciales, pero tanto esta como Great DJ son la banda sonora ideal para entrar en el Camarú a las 2 de la mañana, vestido para matar y con ese brillo que proporciona un balance de 2 o 3 copas. Si no te mueves, estás muerto.





Una gran canción, una de las mejores de estos neoyorquinos. Matthew Caws multiplicando su voz en los coros, lo cual ya es la leche, porque me encanta su voz y si encima la progresión emocional alcanza esas cotas… puf!
Una invitación al amor en medio de un disco un tanto errático pero con tracks muy muy interesantes por separado. La delicada voz de la cantante nos susurra en plan La Buena Vida: "por qué tu y yo no podemos estar un poco más allá, si aún queda por probar rocanrolear…"
Y realmente lo son (sublimes). Pongo esta pero cualquier otra del disco está al mismo nivel o superior (My little Heart Beats So Fast es grandiosa). Pertenece al disco más homogéneo que he tenido el placer de escuchar este año, una progresión de acordes bajo un beat constante donde unos tracks suceden a otros de una forma impecable. Y todo a base de microsamples e ingeniería musical. Un disco oscuro, extraño, pero vivo al mismo tiempo.
Son de Clermott-Ferrand, como los antihéroes de Chabrol, y han hecho una canción elegantísima e impecabilísima, como todo el disco. Y en francés, oh la la, qué seductores suenan: Face à mon sourire / Tu sais mentir / Comme je respire. A falta de una nueva dosis de Dominic A….
Perfecto ejemplo del estilo de este indie-matrimonio. Cierto, el disco no alcanza el listón del anterior, Bring it Back, pero tiene canciones tan agradables como esta y qué quereis, a mi me transmiten tan buen rollo…







Pero de restregarse tanto rato, al final ha espantado al gato y Madonna luce desnudo su enorme pubis velludo. ¡Mira, tita Ramona, cuanto pelo tiene Madonna! ¡Quién fuera peluquera para arreglarle la pelambrera!
¡Ahhgggg, tita Ramona, menudo coño tiene Madonna! ¿Es que nadie le ha explicado a esta chiquilla como usar la maquinilla? Sólo te daré un consejo: ¡rasura ya tu conejo!.
"Paranoid Park" corre el riesgo de ser despachada en términos de déja vu o de ser vista como un nuevo peldaño de la (aparente) bicefalia artística de Van Sant, que le hace firmar películas para la gran industria y para el mundillo underground con idéntico empeño y grandes resultados (me remito al reciente estreno de la espléndida "Mi nombre es Harvey Milk", que hace poco nos comentó Pussy DeLuxe). Es decir: corre el riesgo de ser vista en función de la trayectoria de Van Sant antes que como una película enteramente justificable por sí misma. 

En "Paranoid Park", las imágenes convocan la música de Nino Rota. Cuando Van Sant llama a un compositor de Hollywood, sea en "El indomable Will Hunting", en "Mi nombre es Harvey Milk" o, en el caso más especial de todos, "Psicosis", el elegido es siempre Danny Elfman, sin duda el más inspirado de todos los admiradores de Rota. Su última colaboración es una nueva refrenda: al inicio de "Mi nombre es Harvey Milk" se oyen unos sugerentes efectos sonoros que parecen sacados del inolvidable "O Venezia Venaga Venusia" con que se abría el "Casanova" de Fellini.

En el lado positivo de la balanza se encuentra Gus Van Sant, que una vez más ha sabido demostrar que antepone la historia al formato, y no se le caen los anillos de ‘autor de culto’ si en aras del didactismo rueda la historia de Harvey Milk -el primer político estadounidense abiertamente homosexual-, según los parámetros de un biopic tradicional. Pero ojo, tradicional sí, pero de los de gama alta, no de esos soporíferos mamotretos tipo “Una mente maravillosa” que acostumbran a colarnos bajo la etiqueta de “biografía de calidad”.
Van Sant se centra en los últimos ocho años de vida de Milk, en concreto aquellos que abarcan el periplo político de este activista pro derechos civiles de la comunidad gay, que consiguió ser elegido concejal en el Ayuntamiento de San Francisco en 1978. La destreza de Van Sant como director se demuestra tanto en su habilidad para evitar caer en la simple hagiografía, como en su capacidad para hacer comprensible e interesante el complicado entramado político. También hay que reconocerle el haber sabido afinar el descomunal talento de su actor protagonista, haciendo que Sean Penn, en un papel tan goloso como delicado, se contenga y ofrezca una de las mejores interpretaciones de su vida.
Por todo ello, el visionado de “Mi nombre es Harvey Milk” es altamente recomendable. Aunque sólo sea para rendir nuestro personal tributo a un señor que fue capaz de jugarse la vida por conseguir avanzar en unos derechos civiles que aún hoy, muchos se empeñan en recortar.
En las antípodas de lo anterior, literalmente, se encuentra el último trabajo de Baz Luhrmann, “Australia”. 165 minutos a mayor gloria de un monumento llamado Hugh Jackman. Que si de lo que se trataba era de recoger firmas para que nombren a este hombre Patrimonio de la Humanidad, pues yo firmo la primera. Pero si la intención, como he leído por ahí, era rodar “un clásico al estilo de ‘Lo que el viento se llevó’ del siglo XXI”, es obvio que el actor, además de calentar las plateas de medio mundo a golpe de testosterona, ha conseguido fundirle las meninges al director. Lo único clásico que tiene “Australia” es su nada velada intención de emular aquella “Memorias de África” de Sydney Pollack, a cuya elegancia no se acerca ni de lejos. A las pruebas me remito: si todo el mundo recuerda el vuelo en avioneta de Redford y Streep sobre la sabana africana, la secuencia más comentada de “Australia” es un zoom sobre los aceitados pectorales de Jackman. 
Si a ello añadimos un guión repleto de topicazos, un malo más plano que el encefalograma de Bush y unos aborígenes de opereta para dar color, obtenemos una peli con más azúcar que un empacho de polvorones e igual de indigesta. Y pese a su excesivo metraje, “Australia” consigue no aburrir al espectador, contiene momentos de trazo grueso (la presentación de los personajes, los zooms y los ralentís gratuitos, una edulcorada voz en off infantil...) que deberían sonrojar a un director y guionista que no es novato.